Juan 14:18
“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.”
Juan 14:23
“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.”
Efesios 4:3-4
“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación.”
Reflexión
Cuando Jesús anuncia Su partida a los discípulos, no lo hace como quien abandona, sino como quien promete un regreso de otra naturaleza. “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” es una promesa cargada de significado: el mismo Cristo que caminaba físicamente entre ellos, limitado a un solo lugar en un momento dado, volvería de una forma que le permitiría estar con cada creyente, en todo lugar, simultáneamente. Ese regreso sería el Espíritu de Verdad morando en ellos.
Esto revela algo profundo sobre la identidad de Jesús mismo: Él no separa Su persona del Espíritu que enviaría. No es que Jesús se fuera y en Su lugar llegara alguien distinto; es Cristo mismo, ahora en la dimensión del Espíritu, quien regresa para habitar en Su pueblo. Por eso puede decir en Juan 14:23 que Él y el Padre harán morada en el que le ama. La venida del Espíritu no es la ausencia de Cristo compensada por otra presencia; es la presencia de Cristo llevada a su máxima expresión: ya no a nuestro lado, sino dentro de nosotros.
Y aquí encontramos una verdad que debe corregir mucho de lo que hemos entendido como vida cristiana. La religión, cuando se practica sin este entendimiento, tiende a generar división: divide entre los que saben más y los que saben menos, entre denominaciones, entre tradiciones, entre quienes cumplen ciertas normas y quienes no. Pero la naturaleza del Padre, revelada a través de Cristo y del Espíritu que habita en Su pueblo, es unicidad. No uniformidad forzada, sino una unidad genuina que nace de que todos, sin excepción, tenemos acceso al mismo Espíritu, a la misma morada, al mismo Padre.
Cuando entendemos que Cristo mismo, en la persona del Espíritu de Verdad, habita en cada creyente, las divisiones que la religión ha construido pierden su fundamento. Ya no hay huérfanos separados unos de otros compitiendo por la atención del Padre; hay hijos e hijas que comparten una misma morada, un mismo Espíritu, un mismo vínculo de paz.
Meditación para hoy
¿Estoy viviendo consciente de que Cristo mismo, a través del Espíritu de Verdad, ha hecho morada en mí?
¿En qué áreas de mi vida he permitido que la religión —más que la relación— produzca división en lugar de unicidad?
¿Cómo puedo reflejar hoy la unidad que nace de tener al mismo Espíritu habitando en mí y en mis hermanos?
Oración
Padre, gracias porque en Cristo no quedé huérfano; Tú mismo viniste a hacer morada en mí a través de Tu Espíritu de Verdad. Gracias porque Tu presencia en mi vida no es distante ni ocasional, sino constante e íntima.
Perdóname por las veces en que he permitido que la religión, en lugar de la relación contigo, divida mi corazón de mis hermanos. Ayúdame a vivir desde la unicidad que reflejas, guardando la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Que mi vida sea un testimonio de que Tú, oh Padre, habitas en mí y en todos los que te aman. En el nombre de Jesús, amén.
Bendiciones amados,
Ana Méndez Ferrell