Efesios 1:9-10
“Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.”
Colosenses 2:9-10
“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.”
Hebreos 12:22-23
“Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos.”
Reflexión
Desde el principio, el propósito del Padre ha sido reunir todas las cosas en Cristo. El cielo y la tierra no fueron creados para permanecer separados, sino para operar conjuntamente bajo el señorío de Jesucristo. El misterio de Su voluntad consiste precisamente en esta unión: que las realidades celestiales y las terrenales encuentren su armonía y su plenitud en el Hijo.
Todo lo que pertenece al cielo está contenido en Cristo Jesús. En Él habita toda la plenitud de Dios, y nada de aquello que pertenece al Reino está separado de Su persona. Jesús no está separado del Monte de Sion, ni de la Nueva Jerusalén, ni de las realidades eternas del Reino. Todo lo que el Padre ha preparado está contenido en Su Hijo y es revelado por medio de Él.
Por esta razón, cuando Cristo viene a morar en el corazón de un creyente, no recibimos simplemente una doctrina o una experiencia religiosa. Recibimos la vida misma del Reino. Aquel en quien habita toda la plenitud de Dios hace Su morada en nosotros por medio del Espíritu Santo. La presencia de Cristo dentro de nosotros es la garantía de que las realidades del cielo están más cerca de lo que muchas veces hemos imaginado.
La Nueva Jerusalén no está separada de Cristo, porque ella existe en la luz del Cordero. El Monte de Sion, la comunión de los santos y la vida del Reino encuentran su centro en Él. Por eso, nuestra seguridad no está en un lugar físico ni en una experiencia futura, sino en la Persona de Jesucristo. Todo lo que el cielo contiene está resumido en Él, y por medio de nuestra unión con Él participamos de Su vida y de Su herencia.
La esperanza del Evangelio es Cristo en nosotros. Allí donde Él habita, el cielo comienza a manifestarse. Allí donde Él reina, las realidades eternas comienzan a hacerse visibles. Porque todo lo que es en el cielo ha sido reunido por el Padre en Su Hijo amado.
Meditación para hoy
¿Comprendo que Cristo en mí es la esperanza de gloria y la plenitud del Reino?
¿Estoy buscando las realidades del cielo en la Persona de Jesucristo?
¿Vivo consciente de que el Señor ha hecho de mi corazón Su morada?
Oración
Padre, gracias porque conforme a Tu beneplácito has reunido todas las cosas en Cristo Jesús. Gracias porque en Tu Hijo habita toda la plenitud y porque has querido hacer de mi corazón Tu morada.
Abre mis ojos para contemplar la riqueza de lo que significa tener a Cristo viviendo en mí. Enséñame a vivir unido a Él y a buscar en Su persona todas las realidades de Tu Reino. Que mi vida sea una expresión de Tu presencia y que la gloria del cielo se manifieste a través de la unión que has establecido en Tu amado Hijo. Amén.
Bendiciones amados,
Ana Méndez Ferrell