Versículos
Génesis 1:26-28 “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…”
Salmo 8:4-6 “Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies.”
Hebreos 2:8-9 “Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y honra…”
1 Corintios 15:27 “Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies.”
Apocalipsis 1:6 “Y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”
Reflexión
Existe una unión en la Raquia entre las lumbreras, los seres vivientes y cómo ellos operan en los cielos y la tierra para regir y gobernar.
Esta no es una estructura desorganizada ni caótica. Es un gobierno celestial perfectamente coordinado. Las lumbreras ejecutan un verbo de gobierno, los seres vivientes operan bajo la Raquia donde está el trono, y todos funcionan en unidad para manifestar la voluntad divina tanto en los cielos como en la tierra.
Este es el orden establecido por Dios: un gobierno celestial que opera en perfecta armonía, conectado directamente con el trono, ejecutando la voluntad del Rey.
Ahora, ¿a quién le dio Dios el dominio y el gobierno de las cosas?
Esta es la pregunta fundamental que revela nuestro propósito original y nuestro destino eterno.
En el principio se lo dio a Adán.
Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza, y le dio dominio sobre toda la creación. Lo coronó de gloria y honra, lo hizo señorear sobre las obras de Sus manos, puso todas las cosas debajo de sus pies.
Adán fue establecido como gobernante terrenal conectado con el gobierno celestial. Debía operar desde su naturaleza celestial, alineado con la Raquia de Dios, ejecutando el gobierno divino en la tierra.
Pero Adán perdió esa conexión en la caída.
El dominio fue pervertido, el gobierno fue entregado al enemigo, la conexión con la Raquia fue cortada. El hombre quedó separado de su naturaleza celestial, desconectado del trono, incapaz de ejecutar el gobierno para el cual fue creado.
Luego vino Jesucristo.
El segundo Adán, el Hijo del Hombre, vino a restaurar lo que se había perdido. Jesús operó perfectamente desde Su naturaleza celestial, conectado completamente con la Raquia donde está el trono, ejecutando el gobierno divino con autoridad absoluta.
Y Él no solo restauró el dominio para Sí mismo. Nos hizo reyes y sacerdotes para Dios. Nos sentó con Él en lugares celestiales. Nos dio autoridad para pisotear serpientes y escorpiones y sobre toda fuerza del enemigo.
El dominio y el reino de Dios está íntimamente ligado al entendimiento de mi naturaleza celestial.
Aquí está la clave profunda: no puedo ejercer el dominio que Dios me dio si no entiendo mi naturaleza celestial. No puedo gobernar desde una perspectiva terrenal limitada. No puedo ejecutar autoridad espiritual si estoy desconectado de la Raquia donde está el trono.
El gobierno de Dios no opera desde la carne. Opera desde el espíritu. No se ejecuta desde la naturaleza caída. Se ejecuta desde la naturaleza celestial restaurada en Cristo.
Cuando entiendo que tengo un cuerpo celestial establecido desde antes de la fundación del mundo, que estoy sentado en lugares celestiales con Cristo, que mi estrella brilla en la Raquia de Dios, que las lumbreras y los seres vivientes operan en unión conmigo para regir y gobernar, entonces puedo ejercer el dominio para el cual fui creado.
Adán recibió el dominio pero lo perdió. Cristo lo restauró completamente. Y ahora, en Él, nosotros lo ejecutamos desde nuestra naturaleza celestial, alineados con la Raquia, conectados con el trono, operando en unión con el gobierno celestial.
Meditación para hoy
Toma un momento para reflexionar:
¿Entiendo mi naturaleza celestial o solo me veo desde mi limitación terrenal? ¿Estoy ejerciendo el dominio que Dios me dio o vivo sometido a circunstancias y poderes que Cristo ya derrotó? ¿Opero desde mi conexión con la Raquia donde está el trono o solo desde mi perspectiva natural?
Pide al Señor que te revele el entendimiento completo de tu naturaleza celestial para que puedas ejercer el dominio y el gobierno que Él te ha dado.
Oración
Padre, reconozco que Tú le diste el dominio a Adán en el principio, y que Jesucristo lo restauró completamente.
Ahora, en Cristo, me has hecho rey y sacerdote, me has dado autoridad, me has sentado en lugares celestiales.
Activo el entendimiento de mi naturaleza celestial, porque sé que el dominio y el reino de Dios están íntimamente ligados a esta revelación.
Conéctame completamente con la Raquia donde está Tu trono, alinéame con las lumbreras y los seres vivientes que operan en los cielos y la tierra para regir y gobernar.
Que yo opere desde mi naturaleza celestial, no desde mi limitación terrenal. Que ejerza el dominio que me has dado, no en mi propia fuerza, sino desde mi posición en Cristo.
Que todas las cosas sean puestas debajo de mis pies, porque estoy en Aquel que tiene todo dominio y autoridad.
Que mi vida manifieste el gobierno de Dios en la tierra, operando desde la unión celestial que Tú estableciste desde el principio.
Amén.