Salmo 23:4 “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.”
2 Corintios 3:2-3 “Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.”
Romanos 8:11 “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.”
1 Corintios 6:19-20 “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”
Reflexión
Cuando vemos “sombra de muerte” se refiere a enfermedad, cuando hablamos de muerte, es la puerta a toda enfermedad.
La muerte no es solo el cese de la vida física. Es un poder espiritual que opera en múltiples dimensiones. Su sombra se manifiesta como enfermedad, debilidad, deterioro. Donde la muerte tiene influencia, la enfermedad encuentra entrada.
Hoy en día tenemos una sociedad enferma, como nunca antes.
No solo físicamente, sino emocionalmente, mentalmente, espiritualmente. La enfermedad se ha normalizado, el sufrimiento se ha aceptado como inevitable, la debilidad se ha justificado como parte de la condición humana.
No importa si están dentro o fuera de la Iglesia, ambas están igual de enfermas.
Esta es la verdad incómoda: la iglesia no se ve significativamente diferente del mundo en términos de salud, vitalidad y plenitud de vida. Las mismas enfermedades, las mismas debilidades, los mismos quebrantos afectan a creyentes y no creyentes por igual.
Si la gente de afuera mira a la iglesia, no ve epístolas vivas de la gloria del Padre.
Deberíamos ser cartas vivientes, leídas y conocidas por todos. Nuestros cuerpos y vidas deberían reflejar la gloria del Padre, manifestar el poder de la resurrección, demostrar que el Espíritu que levantó a Cristo de los muertos también vivifica nuestros cuerpos mortales.
Pero en lugar de esto, muchas veces reflejamos la misma muerte, la misma enfermedad, la misma debilidad que caracteriza al mundo caído.
Podremos llamarle iglesia pero ¿es verdaderamente una iglesia? ¿Es verdaderamente por lo que Jesús murió?
Jesús no murió para que tuviéramos religión sin poder, confesión sin transformación, reuniones sin manifestación de Su vida. Él murió para que fuéramos templos del Espíritu Santo, para que nuestros cuerpos glorificaran a Dios, para que la vida de resurrección se manifestara en nuestra carne mortal.
El Señor nos está llamando a una Reforma no solo de nuestro entendimiento sino también de nuestro cuerpo.
No basta con tener conocimiento teológico correcto. No es suficiente entender doctrinas. La reforma que Dios está trayendo incluye la transformación de nuestros cuerpos, la manifestación de Su vida en nuestra carne, la expulsión de la sombra de muerte que ha contaminado incluso al pueblo de Dios.
Fuimos comprados por precio. Nuestros cuerpos no nos pertenecen. Son templos del Espíritu Santo, y deben glorificar a Dios no solo en palabra, sino en realidad viviente.
Meditación para hoy
¿Refleja mi cuerpo y mi vida la gloria del Padre o la sombra de muerte? ¿Soy una epístola viva que el mundo puede leer y ver la diferencia que Cristo hace? ¿Estoy abierto a la reforma que Dios quiere traer no solo a mi entendimiento sino también a mi cuerpo?
Oración
Padre, reconozco que la sombra de muerte ha traído enfermedad a la sociedad, incluso dentro de la iglesia.
Declaro que mi cuerpo es templo del Espíritu Santo y que debe reflejar Tu gloria, no la sombra de muerte.
Llámame a la Reforma que estás trayendo, no solo en mi entendimiento sino también en mi cuerpo.
Que el Espíritu que levantó a Cristo de los muertos vivifique mi cuerpo mortal, que sea una epístola viva leída por todos, manifestando el poder de la resurrección en mi carne.
Glorifícate en mi cuerpo y en mi espíritu, que son Tuyos, y que mi vida refleje verdaderamente aquello por lo que Jesús murió.
Amén.